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lunes, 11 de mayo de 2009

El sagrado oficio del periodista

Al haberse conmemorado ayer el día de los periodistas bolivianos vale la pena recordar a un viejo maestro de este bello oficio, Juan Carlos Gumucio, quien recordaba que el primer hombre y la primera mujer de una casa periodística es el reportero

Los antiguos resaltan que no hay mejor música para un reportero que escuchar la impresión de su periódico en una rotativa. El apuro del último dato, los gritos para acelerar el cierre y compartir la construcción diaria del conocimiento de nuestra realidad forman parte de esa magia incomparable de trabajar en una Redacción.

Denostados por el establishment intelectual como escritores a medias, cuestionados por los políticos de turno y arrinconados por los autoritarios que no quieren develar sus actos, los periodistas se levantan como molinos de viento en una sociedad sedienta de verdad.

Al haberse conmemorado ayer el día de los periodistas bolivianos vale la pena recordar a un viejo maestro de este bello oficio, Juan Carlos Gumucio, quien recordaba que el primer hombre y la primera mujer de una casa periodística es el reportero.

Ese sacrificado trabajador de las letras que sale a la calle a buscar la información todos los días con la aspiración de contar lo conocido a los miles de lectores, televidentes u oyentes de radio que esperan saber qué pasa y cómo ocurrieron los hechos que afectan a su sociedad y a su entorno más próximo.

No es posible ejercer este oficio sin vocación de servicio por los otros, por los que no tienen la posibilidad de acceder de forma inmediata a los asuntos que son de su interés.

Ser periodista significa disfrutar y sufrir con los otros la comedia y el drama diario de la vida. Así lo postuló y lo ejerció ese otro gran periodista polaco que fue Ryszard Kapuscinski, quien reclamaba de los periodistas no escribir nada antes de saber a fondo de qué se trataba, quiénes y por qué estaban involucrados en un asunto. Sin importar los géneros, sin importar el sacrificio, sin importar el editor o el tiempo, el reportero debe poner los pies en el barro y sentar sus talones sobre la tierra. Sólo así se acercará a esa realidad dura y desafiante que nos circunda. Además, deberá tener el temple del que sabe que afuera no le espera un cuento de hadas, sino de dolor y tristeza.

Ese reportero lidia, entonces, con los muros de la burocracia y la intolerancia que no quieren abrir los recintos públicos de la información a la investigación periodística. No hay periodismo sin investigación, alerta el gran Gabriel García Márquez, y eso requiere verificar hasta el último dato. Además exige la valentía de ir adelante pese a quien le pese, sabiendo que por encima de todo está el interés de la gente.

También debe pelear con las deficientes condiciones laborales que, muchas veces, desafían su voluntad por construir un espacio compartido por saber y conocer más de nuestro mundo. Tienen que sobrellevar el sacrificio de horas sin la familia y sin posibilidad de esparcimiento y diversión. Pero la recompensa también es enorme. Los lectores que llaman para darle fuerzas ante la intolerancia y el oscurantismo, y el placer de ver en rotativa las palabras y los pensamientos que hablan de una nación en construcción.

sábado, 25 de abril de 2009

Cortinas de humo y agenda informativa

Hay muchos temas que volverán a ser motivo de preocupación cuando se despejen las densas cortinas de humo que por ahora los velan

Entre las muchísimas consecuencias negativas que traen consigo los brotes de violencia, reales o imaginarios, promovidos por el oficialismo o por la oposición, hay uno que es fácilmente verificable si se analiza el contenido informativo de los medios de comunicación. Es que acaparan la atención y condenan al olvido a otros temas menos espectaculares pero de mucha mayor importancia para el futuro de nuestro país.

Como es fácil comprobar, desde que con extraordinaria habilidad el gobierno puso en primer plano el supuesto complot contra la vida de Evo Morales y el desbaratamiento de una supuesta organización terrorista, ya nadie se acordó del caso YPFB-Catler, ni de los ataques contra periodistas y ONG en El Alto, ni los múltiples casos sobre los que pende la sospecha de multimillonarios negociados. Ya nadie se preocupó por analizar las hondas consecuencias que para el MAS ocasionó su reciente derrota en el principal escenario democrático de nuestro país, entre muchos otros ejemplos.

Sin embargo, el que reciban menos atención de la que merecen no significa que esos temas hayan dejado de ser importantes, por lo que sin duda volverán a ser motivo de preocupación cuando se despejen las densas cortinas de humo que por ahora los velan.

Uno de ellos es el relativo a las enormes grietas que se están abriendo en la estructura económica de nuestro país. Las cifras hacen prever días muy difíciles, lo que pondrá al gobierno ante dificultades muy superiores a sus posibilidades de hacerles frente. El pavor que esa perspectiva causa en filas oficialistas es una de las razones que explica el afán con que busca dedicar su atención, y llevar la de la opinión pública, a otros escenarios.

Si no tuviera con qué distraer a la opinión pública, el gobierno estaría en muy serias dificultades, por ejemplo, para explicar cómo se propone contrarrestar los efectos de la caída de las exportaciones de gas natural, que en el primer trimestre de este año cayeron en 205 millones de dólares en relación a similar período del año anterior. Y más difícil aún: cómo revertirá una de las causas de ese descalabro, que es la manera sistemática como destruyó la cadena productiva de los hidrocarburos.

Bueno sería que con el mismo entusiasmo con que se dedica a buscar supuestos magnicidas, el gobierno dé muestras de que le preocupa por lo menos un poco otros asuntos, como la velocidad a la que se extiende por todo su organismo el cáncer de la corrupción, o el desparpajo e impunidad con que muchos de sus miembros carcomen las bases de su propio régimen.

Sin embargo, hay que reconocerlo, lo mismo se debe pedir a los medios de comunicación y a las fuerzas de la oposición que con excesiva facilidad dejan que sea el gobierno quien defina su agenda de prioridades.