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viernes, 17 de abril de 2009

Hacia la recuperación de la democracia

Se han sentado las bases para la recuperación de la democracia como escenario principal y único de las disputas políticas

Aunque gran parte de los esfuerzos del oficialismo, después de que fuera aprobada y promulgada la Ley Electoral Transitoria, estuvieron dirigidos a transmitir a sus bases la sensación de victoria, para lo que se organizaron festejos y se pronunciaron discursos triunfalistas, ha quedado claro, sobre todo para las bases “indígenas originarias campesinas” del Movimiento al Socialismo, que esa no es la realidad.

Muy por el contrario, la primera gran derrota sufrida por el proyecto hegemónico del MAS ha calado muy hondo en el ánimo de los “movimientos sociales” que hace poco acataron incondicionalmente las instrucciones de sus líderes.

Las medidas de presión con que el oficialismo contaba para doblegar a la oposición parlamentaria, por primera vez fracasaron. El MAS no logró que sus brazos operativos movilicen masivamente a sus bases, y los parlamentarios masistas se negaron a llevar la renuncia colectiva más allá de las amenazas, lo que puso en ridículo a los promotores de tan descabellada medida.

Los factores que ocasionaron tan importante cambio en la correlación de fuerzas son muchos. Entre ellos, hay tres que merecen ser destacados. Uno es la pérdida de la cohesión interna en las filas del MAS y sus “movimientos sociales”. El segundo fue la presión de la opinión de gruesos sectores de la ciudadana que ya no iban a tolerar una nueva claudicación de la oposición parlamentaria. Y el tercero, la presión externa, la proveniente de organismos internacionales y gobiernos amigos que ya no están tan dispuestos como antes a mirar con condescendencia los abusos cometidos en nombre del victimismo indigenista.

El primero de los factores mencionados se refleja en la profundización de la brecha que durante los últimos meses se abrió entre la élite burocrática que se apropió de la conducción del “proceso de cambio” y las bases cuyo rol se redujo a “mandar obedeciendo”, a votar, bloquear y cercar, a ser carne de cañón. No será fácil para el MAS restablecer los vínculos de confianza entre quienes mandan y quienes obedecen.

Pero tan importante como lo anterior es que también quedó neutralizada una de las corrientes más negativas de la oposición, la que quiso hacer de la deslegitimación del sistema democrático, con el tema del fraude electoral, la coartada para justificar sus fracasos. Y lo que es más importante aún, quedaron sin argumentos legitimadores quienes proponen llevar las luchas de la oposición al terreno de la violencia.

Así, se han sentado las bases para la recuperación de la democracia como escenario principal y único de las disputas políticas. Quienes no sean capaces de actuar en él tendrán que dejar de entorpecer con su presencia la reconstrucción de un sistema de partidos capaces de librar las próximas batallas electorales.

miércoles, 15 de abril de 2009

El primer retroceso del MAS

La nueva etapa de la que se ha inaugurado, pondrá a prueba la habilidad de los protagonistas de la actividad política

Después de varios días durante los que tuvieron a todo el país en ascuas esperando los resultados de sus negociaciones, las fuerzas del oficialismo y de la oposición lograron por fin un acuerdo para conjurar, una vez más, un nuevo episodio de la crisis política en que está sumida Bolivia desde hace ya muchos años.

Los acuerdos alcanzados, aunque no satisfacen plenamente las expectativas de las partes en conflicto, tienen la virtud de haber impedido que se produzca la destrucción de la institucionalidad democrática. No se consumaron las amenazas hechas contra la vigencia del Poder Legislativo y eso permite mantener el escenario democrático como el único válido para dirimir las disputas.

El balance final de la batalla parlamentaria recién librada pude por eso ser calificado como positivo. Las fuerzas radicales de ambos polos, las que hubieran preferido llevar la confrontación a otros escenarios en los que las acciones de hecho ocupen el lugar de las votaciones han sido derrotadas, y ese es, en sí mismo, un buen resultado.

Como no podía ser de otro modo, ambas partes tuvieron que hacer algunas concesiones. Lo que hace la diferencia es que en esta oportunidad, por primera vez en mucho tiempo, fue el oficialismo el que más lejos quedó de sus aspiraciones iniciales.

La oposición logró dos de sus objetivos principales: el nuevo empadronamiento e impedir que las circunscripciones especiales “indígena originario campesinas” se consoliden como enclaves bajo el control monopólico del Movimiento al Socialismo. A partir de ahora, ya sin poder esgrimir las dudas que pesaban sobre el padrón electoral, no tendrá pretextos para justificar sus sucesivas derrotas en las urnas.

El resultado obtenido por el oficialismo, en cambio, puede ser considerado como su primera gran derrota. No logró ninguno de los principales objetivos que se propuso alcanzar. Se fijó metas excesivamente ambiciosas, muy superiores a sus actuales fuerzas, por lo que tuvo que buscar una salida más o menos decorosa.

A partir de ahora, tanto unos como otros tendrán que concentrar todas sus fuerzas y energías en la disputa democrática. Al MAS le espera una muy ardua tarea para recomponer sus filas y atenuar la frustración que la derrota ocasionó entre gruesos sectores de sus adherentes. A las fuerzas de la oposición, por su parte, lo que ahora les corresponde es desarrollar un plan de acción que le permita llegar a diciembre con alguna posibilidad de éxito.

Se ha cerrado así un capítulo y se ha abierto otro cuyo punto culminante serán las elecciones de diciembre. El desenlace de la nueva etapa que se ha inaugurado depende ahora sólo de la habilidad con que actúen los protagonistas de la actividad política.

viernes, 10 de abril de 2009

La democracia en su hora crucial

Por muchas razones, el MAS se enfrenta, por primera vez, a la inminente posibilidad de sufrir una derrota política

Cuando hace un par de semanas la élite burocrática que se apropió del Movimiento al Socialismo se reunió con los dirigentes de “movimientos sociales” que todavía le son fieles para definir el plan de acción de lo que suponían sería el tiro de gracia a la institucionalidad democrática, lo hicieron seguros de que la última batalla congresal la ganarían con tanta facilidad como las anteriores. “Ha llegado el momento de las definiciones”, sentenció Evo Morales, muy convencido de que así sería.

Hubo, sin embargo, algo que salió de sus cálculos. No tomaron en cuenta dos factores que durante las últimas semanas modificaron sustancialmente la correlación de fuerzas.

Uno de de ellos fue el surgimiento, por primera vez en los últimos tres años, de una oposición con un mínimo de ideas claras, libre de las ingenuidades que a tantos errores condujeron. Esta vez hubo una oposición con objetivos precisos, los que fueron definidos en Santa Cruz. Ese hecho fue suficiente para poner un límite no sólo a los planes del oficialismo sino, lo que en la práctica resulta más importante, a la hasta ahora tan condescendiente oposición parlamentaria.

Un segundo factor fue que también por primera vez se hizo evidente la ruptura de la monolítica unidad del MAS y sus aliados. Cuando Morales trazó una línea y conminó a sus seguidores a que la crucen sin titubeos, no recibió la respuesta que esperaba. Algunos de sus adherentes se negaron a hacerse cómplices de la destrucción de la democracia y otros a seguir siendo utilizados como objetos de manipulación.

Los “movimientos sociales”, hasta hace poco tan dóciles, dieron las primeras muestras de rebeldía. El rotundo fracaso de los intentos hechos para cercar al Parlamento, la disidencia de la Cidob, las pugnas internas en Conamaq y la Csutcb, y la presión de la opinión pública, privaron al oficialismo de lo que hasta ahora fue su principal método de coerción.

A todo lo anterior se debe sumar un cambio de actitud de organismos internacionales y gobiernos cuya tolerancia fue rebasada por las ya groseras arbitrariedades del MAS, las mismas con las que hasta hace poco fueron tan condescendientes. Es que al oficialismo se le fue la mano y el victimismo que tantos réditos le dio ya no alcanza para conmover a incautos. Ya no se ve en el exterior a Evo Morales como al pobre “indígena” incomprendido, sino como a un peligroso constructor de un régimen autocrático.

En ese contexto, el Gobierno se enfrenta, por primera vez, a la inminente posibilidad de sufrir una derrota política. Es de esperar que ahora sí se le ponga un límite a la impostura, y que no sea en nombre de la democracia que se terminen de sentar las bases de un régimen totalitario.