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domingo, 1 de noviembre de 2009

En vísperas del final de la crisis hondureña

Honduras es , hoy por hoy, todo un símbolo de la tan antigua pugna entre la estupidez y la sensatez. Antes del jueves próximo sabremos todos cuál de esos factores es el que finalmente se impone

Cuatro meses durante los que la crisis hondureña sometió a la paciencia de la diplomacia de todo el mundo --pero especialmente la estadounidense encabezada por Hillary Clinton y dirigida por Barack Obama-- a una dura prueba, por fin se está a punto de llegar al único desenlace que cabía esperar y admitir. Micheletti se irá, y Zelaya será restituido en el puesto del que fue expulsado.

Han sido cuatro meses durante los que la comunidad internacional de manera unánime –no hubo ni una sola disidencia— se mantuvo firme en su rechazo al vergonzoso golpe de Estado del 28 de junio. Ni un solo país del mundo reconoció al oprobioso gobierno de Roberto Micheletti, con lo que se sentó un valiosísimo precedente que cierra las puertas, ojalá que definitivamente, a quienes todavía creían que en Latinoamérica se podía recurrir exitosamente a los métodos de acción política tan comunes en décadas pasadas.

Es verdad que todavía queda un paso formal, la ratificación congresal del acuerdo suscrito para viabilizar el retorno de Manuel Zelaya al gobierno para que concluya el período para el que fue elegido, pero todo parece indicar que ya nada podrá impedir que, aunque sea sólo con carácter simbólico, sea él, y no un presidente golpista, el que encabece las elecciones del 29 de noviembre próximo y el que entregue el mando a su legítimo sucesor.

Hay sin embargo todavía la posibilidad, aunque remota, de que todos quienes añoran los tiempos cuando eran los fusiles y no los votos los que dirimían las controversias políticas hagan algo para impedir, antes del jueves próximo, que los pactos promovidos por la OEA lleguen a feliz término.

La ultraderecha conservadora estadounidense, en un extremo, y los seguidores de Fidel Castro y Hugo Chávez, en el otro, recurrirán sin duda durante las próximas horas a todos los medios que aún tienen a su alcance para evitar que lo acordado se cumpla. No es casual ni sorprendente que así sea, pues ambos extremos saben que lo peor que les puede pasar es que en Honduras se imponga la racionalidad democrática.

Felizmente, no son ellos los únicos que están muy activos. El boliviano Víctor Rico, representante oficial de la OEA para supervisar el desenlace de la crisis hondureña, ha expuesto al referirse al tema, con mucha claridad, lo inconcebible que sería que el Parlamento hondureño no ratifique, antes del próximo jueves, los términos en que fue pactado el retorno de Zelaya al gobierno. Es que por primera vez en la historia de la diplomacia mundial una causa goza de tan unánime respaldo –lo que no es un pequeño detalle-- y ni la mayor de las estupideces podría insistir en desafiarla.

Desgraciadamente, la estupidez no es precisamente lo que más ha escaseado en la historia del mundo en general y de Latinoamérica en particular. Pero también, y éste parece ser el caso, la sensatez da aún motivos para mantener viva la esperanza. Honduras es por eso, hoy por hoy, todo un símbolo de esa tan antigua pugna. Antes del jueves próximo sabremos todos cuál de esos factores es el que finalmente se impone.

viernes, 2 de octubre de 2009

El arrepentimiento de Micheletti

Es alentador saber que la perseverancia de quienes se negaron a avalar el golpe no haya sido en vano y que comienza a dar sus frutos

En un gesto que pese a ser todavía timorato y poco concluyente, de algún modo lo enaltece, el Presidente de facto de Honduras, Roberto Micheletti, ha reconocido que fue un error destituir al Presidente Constitucional de su país, Manuel Zelaya, a través del golpe de Estado perpetrado el 28 de junio pasado. “Ése (destituir a Zelaya), fue él único error, porque en el resto actuamos con la ley, ya que Zelaya, violaba la Constitución al buscar una Constituyente para una reelección", dijo Micheletti en una entrevista al diario Clarín de Buenos Aires.

Tales declaraciones se producen en un contexto en el que los arrepentimientos ya causan estragos en la cohesión de las filas de quienes cometieron tan craso “error”. En tono amargo, Micheletti se quejó por la falta de lealtad de quienes lo indujeron a tan descabellada aventura, y hoy buscan la mejor manera de zafarse del embrollo con la esperanza de que la historia los juzgue con alguna benevolencia.

Llama la atención, sin embargo, la soltura con que Michelletti se refiere al golpe de Estado como si de un detalle menor –“el único error”— se tratara. Se diría que pese a su arrepentimiento, sigue creyendo que lo importante es que “…en el resto actuamos con la ley”. Elocuente manera de relativizar tan grave asunto, lo que pone en evidencia la falta de solidez de sus convicciones democráticas.

A pesar de ello, es alentador saber que la paciencia con que la comunidad internacional mantuvo su unanimidad y firmeza al negarse a avalar el golpe y a reconocer al ilegal gobierno de él emergente, no haya sido en vano y comience a dar sus frutos. Y más importante aún, que no se haya permitido que las banderas de la democracia, del respeto al Estado de Derecho, a la libertad de expresión, entre otras, no hayan sido abandonadas en manos de quienes más las desprecian.
Fue gracias a la lucidez con que Barack Obama y otros líderes del mundo afrontaron el asunto, que se evitó que la causa de la defensa de la democracia caiga en manos de personajes tan indignos de ella como Fidel Castro o Hugo Chávez. Gracias a ellos, y a quienes se mantuvieron y se mantienen firmes en la defensa de los valores, principios y formalidades inherentes a la democracia --en contraposición a cualquier manifestación de la tentación totalitaria-- que pese a los desmanes de los golpistas se ha mantenido intacta la autoridad moral, intelectual y política que hace falta para enfrentar con alguna credibilidad y posibilidad de éxito a quienes desde un extremo a otro del espectro político quisieran volver a los tenebrosos tiempos cuando los conflictos políticos se resolvían a través de la violencia bruta.

Aún no se sabe con certeza cuál será la forma que adquiera el desenlace de la crisis hondureña, pero sí se puede afirmar que ya tiene vencidos y vencedores. Entre los primeros, los simpatizantes y pregoneros de las corrientes antidemocráticas de la oposición hondureña y latinoamericana en general. Comparten con ellos su derrota Fidel Castro, Hugo Chávez y sus seguidores, quienes ven esfumarse la oportunidad de quedar como abanderados de una causa justa.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Irán y Honduras en el escenario mundial

Los casos de Irán y Honduras han logrado unir en una causa común a la diplomacia mundial con algunas excepciones. Bolivia y Venezuela entre ellas

Dos acontecimientos aparentemente distantes entre sí, no sólo por razones geográficas sino por sus respectivos antecedentes históricos, han concitado la atención del mundo durante los últimos días y darán sin duda muchos más motivos para la preocupación durante el futuro inmediato. Se trata de las funestas secuelas que trajo consigo el golpe de Estado perpetrado en Honduras hace casi ya tres meses, y la exacerbación de la amenaza que para la paz mundial representa el régimen iraní de Mahmud Ahmadineyad.

Ambos hechos, a pesar de las distancias que los separan, tienen muchos elementos en común. El más importante es que, aunque por vías de lo más diferentes, convergen en un escenario de conflictos que ya no se circunscriben a sus respectivas áreas geográficas sino que tienen una dimensión planetaria. Son dos manifestaciones de una reedición de lo que durante la segunda mitad del siglo XX fue la “guerra fría”. Como la que tuvo divida a la humanidad durante más de cinco décadas, ésta conlleva la amenaza de “calentarse” en cualquier momento.

En términos de Samuel Huntington, se diría que lo que subyace a los actuales conflictos es un “choque de civilizaciones” y quienes se alinean en uno u otro bando no lo hacen a partir de las concepciones que marcaron el siglo XX, --capitalismo y comunismo— ambas modernas y racionalistas, hijas de la civilización Occidental, sino de la adhesión y el rechazo a todo lo que implica la modernidad y su correspondiente visión sobre el pasado, presente y futuro de la humanidad.

Irán, que bajo la conducción de Ahmadineyad se propone asumir el liderazgo no sólo del mundo islámico sino de los “marginados de la tierra”, plantea su causa como un desafío a la civilización Occidental –judeocristiana— y sus aliados. Y para la “guerra santa” que tiene en mente espera contar con el apoyo de quienes por muy diferentes motivos creen que comparten un “enemigo común”.

Entre sus principales aliados se destacan los regímenes “anticolonialistas”, “anticapitalistas” y “antiimperialistas” representados en el escenario que se configura por Venezuela y Bolivia, en Latinoamérica, y varios países africanos, como Sudán o Zimbabwe. Regímenes todos ellos que en nombre de sus respectivos pueblos están dispuestos a apoyar cualquier aventura.

En ese contexto, ganar a su causa la adhesión de las masas populares de Latinoamérica, África, Asia, así como a los intelectuales “progresistas” del mundo entero, es de vital importancia. Conquistar “las mentes y corazones” de quienes se sienten víctimas de la vida es tan o más importante que dotarse de arsenales de última tecnología.

No es por eso casual que Hugo Chávez, Evo Morales, o el sudanés Omar Al Bashir, figuren entre los principales aliados del régimen iraní. Y que Estados Unidos y todos, absolutamente todos los países del mundo Occidental, bien asesorados por sus servicios de inteligencia, se nieguen a entregar a sus rivales, en nombre de miserables disputas propias de “repúblicas bananeras”, la mente y corazón de amplios sectores del pueblo hondureño que, como otros pueblos, merece algo mejor que tener que elegir entre el chavismo pro iraní y el retorno al reino de la arbitrariedad.

jueves, 23 de julio de 2009

Vientos de guerra en Latinoamérica

Honduras es el foco desde donde se irradia el conflicto, por lo que es de esperar se imponga la posición unánime de la diplomacia mundial



Aunque no es posible precisar si es por pura casualidad, o porque entre ellos hay relaciones de causalidad, lo que parece lo más probable, durante las últimas semanas se ha desencadenado en Latinoamérica una serie de acontecimientos que hacen temer por el futuro de la paz.
El golpe de estado de Honduras ha sido el detonante. Es lo que marcó el inicio de un proceso que tiende a extenderse a toda la región en lo geográfico, y a hacernos retroceder en el tiempo a cuando las diferencias ideológicas se dirimían a través de los más brutales métodos de acción política.

Los factores que alientan el temor de tan indeseable posibilidad son muchos, pero la tozudez con que los golpistas hondureños persisten en su afán de imponer en su país un régimen repudiado de manera unánime por toda la comunidad internacional es el principal. Pero no el único, pues tras él se vislumbra el resurgimiento a escala continental de corrientes que recuerdan con nostalgia los años de las dictaduras militares y sus métodos.

Es tan profunda la brecha que se está abriendo ante tal perspectiva, que no es sólo en Centroamérica donde los primeros soplos de nuevos vientos de guerra se comienzan a sentir. En Estados Unidos, por ejemplo, la antigua pugna entre el desplazado sector más conservador del Partido Republicano y la corriente ahora encabezada por Barack Obama se ha reactivado, y después de mucho tiempo se perciben señales de disociación en la Casa Blanca.

Más cerca de nosotros, la decisión del Comando Sur estadounidense de incrementar su presencia militar en Colombia y su correlato, la desenfrenada carrera armamentista en la que Venezuela se ha embarcado, son otro factor que aviva los temores.

En ese contexto, los informes filtrados a la prensa antes de hacerse oficiales, según los que Venezuela merece el calificativo de “narcoestado”, y las renovadas acusaciones contra el gobierno de Ecuador sobre supuestos vínculos con las FARC, dan también algunas pistas sobre el rumbo hacia donde pueden encaminarse los hechos.

Por si todo lo anterior fuera poco, el Ministro de Exteriores de Israel, Avigdor Lieberman, ha iniciado una gira por varios países de la región con la explícita intención de tejer alianzas para contrarrestar la influencia iraní, país que ya cuenta con importantes aliados, entre los que se cuenta Bolivia. Así, la posibilidad de que Latinoamérica se involucre activamente por primera vez en los conflictos del Medio Oriente suma un motivo más para ver con preocupación el curso de los acontecimientos.

En tales circunstancias, y al ser Honduras el foco desde donde amenaza irradiarse el conflicto, sólo cabe esperar que los esfuerzos que hace la diplomacia del mundo entero para apagar la mecha encendida por tan repudiado golpe de Estado den sus frutos antes de que sea demasiado tarde.

jueves, 9 de julio de 2009

Honduras, entre Obama y Chávez

La manera unánime como el mundo ha reaccionado confirma que estamos asistiendo a la inauguración de una nueva era histórica

El golpe de Estado perpetrado en Honduras el pasado 28 de junio ha tenido muy hondas consecuencias en el escenario político no sólo latinoamericano sino mundial. No en vano todas las cancillerías del planeta asumieron ante el asunto la actitud de un ajedrecista frente a una jugada desconcertante. Y después de sopesar la situación con la frialdad que corresponde a estos casos, todos los países del mundo, sin excepción alguna, aunque no todos de buena gana, cerraron filas alrededor de un objetivo común: evitar que los conflictos políticos en Latinoamérica vuelvan a ser resueltos a través métodos tan comunes en tiempos de la guerra fría.

Obviamente, como no podía ser de otro modo, en medio de tal unanimidad hubo una gran variedad de matices. Desde las amenazas de Chávez de intervenir militarmente, en un extremo, hasta Israel y Taiwán que dudaron mucho antes de tomar partido, en el otro. Diferentes matices, pero finalmente todos en el mismo lado de la línea trazada el 28 de junio.

Un segundo efecto, tan importante como el anterior, es que se ha abierto una muy profunda brecha entre las diversas corrientes de la oposición continental contra el proyecto del “Socialismo del Siglo XXI”. A un lado han quedado, aislados y desacreditados, quienes quisieron ver en el caso hondureño un ejemplo digno de ser imitado por las Fuerzas Armadas de los otros países alineados en el ALBA. Y en el otro, las corrientes de una oposición democrática que se niegan a aceptar la vía hondureña como la más idónea para afrontar tan enorme desafío.

Dos ejemplos muy elocuentes de las profundas diferencias entre los medios empleados y los resultados obtenidos por ambas tendencias fueron vistos coincidentemente el mismo día, el 28 de junio. La oposición democrática asestó una contundente derrota al kirchnerismo, en Argentina, mientras la oposición violenta estuvo a punto de regalarle al chavismo las banderas de la libertad y la democracia.

Felizmente esa situación, que además de una aberración habría sido una calamidad, fue evitada por la firmeza y lucidez con que otros países se involucraron en la batalla diplomática. Gracias a ello, el centro de operaciones contra el golpe se trasladó de Managua a Washington –y no a Caracas-- primero, y ahora a Costa Rica, donde Chávez y sus seguidores tendrán que callar.

Por ahora no se sabe cuál será el desenlace de la crisis hondureña; pero sea cual fuere, el hecho histórico ya se ha producido. La manera unánime como el mundo ha reaccionado confirma que se ha ingresado a una nueva era y Barack Obama se ha consolidado como un líder de talla mundial. Ante ello, resulta elocuente que el canciller del régimen de facto hondureño, y quienes piensan como él, sigan creyendo que es “un negrito que no sabe nada de nada”.

domingo, 5 de julio de 2009

La elocuente lección de Honduras

Serán sin duda derrotadas las corrientes políticas más retrógradas, esas que tan erróneamente creen que una tiranía puede neutralizar a otra

Hace una semana, cuando las Fuerzas Armadas hondureñas ejecutaron un golpe de Estado para defenestrar al presidente Manuel Zelaya, lograron un verdadero prodigio. Lograron que todos, absolutamente todos los países del mundo, más allá de sus múltiples discrepancias, se unan en una sola voz de repudio.

Nunca antes había ocurrido algo así. Nunca antes se había visto que países cuyas discrepancias son tan hondas como Estados Unidos y Cuba, Taiwán y China continental, Colombia y Venezuela, por sólo citar algunos ejemplos, coincidan de manera tan unánime. Ni siquiera Israel, país al que motivos no le faltan para simpatizar con lo hecho por los militares hondureños, cometió el desatino de reconocer al gobierno surgido del sablazo.

Tampoco tiene precedentes la firmeza con que actuaron todos los organismos internacionales sin excepción alguna. Incluso los del ámbito financiero, como el Banco Mundial, BID, FMI, que por su naturaleza suelen ser muy cautos en temas políticos, se manifestaron sin dejar ningún margen a las dudas.

Fue también muy elocuente la severidad con la que la Sociedad Interamericana de la Prensa (SIP) condenó insistentemente, durante toda la semana, la manera brutal como el tan repudiado régimen atentó contra la libertad de expresión desde el amanecer del domingo pasado. No podía ser de otro modo pues hacía ya más de dos décadas que en Latinoamérica, con excepción de Cuba, no se llegaba a los extremos de falta de respeto a la labor periodística.

Es evidente, sin embargo, que abundan los motivos para dudar de la sinceridad de muchas de las declaraciones de apoyo al régimen encabezado por Manuel Zelaya. Hay sin duda mucha hipocresía en algunos casos y el más descarado cinismo en otros. El hecho de que dictadores como los hermanos Fidel y Raúl a Castro tengan la desfachatez de hablar en defensa de la democracia, de la libertad de expresión y de los derechos humanos, lo dice todo.

No menos grotescos son los esfuerzos hechos por los caudillos del “Socialismo del Siglo XXI” para apoderarse de las banderas de la libertad y la democracia. Felizmente, la oportuna, firme y unánime reacción de todos los países del planeta evitó que tales causas queden en manos de personajes tan desprovistos de la autoridad moral que hace falta para enarbolarlas. De otro modo, habría ocurrido a escala continental algo similar a lo que pasó en Bolivia cuando por sus desatinos la oposición dejó en manos oficialistas banderas tan valiosas como las de las autonomías.

Aunque aún no se sabe cuál será el desenlace de la crisis hondureña, sí se puede afirmar, más allá de toda duda, que la derrota corresponderá a las corrientes políticas más retrógradas, esas que tan erróneamente creen que dos pecados hacen una virtud, o que una tiranía puede neutralizar a otra.

martes, 30 de junio de 2009

Honduras y los desatinos de la oposición

Los golpistas hondureños tendrán que recular y el proyecto del Socialismo del Siglo XXI habrá recibido así otra victoria de regalo

Durante los últimos tiempos, pero con especial insistencia durante las últimas semanas, nos hemos referido en este espacio editorial al enorme riesgo que para el futuro de la democracia en nuestra región representan algunas corrientes políticas que recuerdan con nostalgia los tiempos en los que las hordas militares, a través de golpes de Estado, intervenían en la vida política de gran parte de los países Centro y Sudamérica.

Decíamos también que entre quienes con sus actos más contribuyen a la consolidación de los regímenes con aspiraciones totalitarias están quienes, por su incapacidad para lidiar en los escenarios democráticos, caen fácilmente en la tentación de recurrir a los métodos violentos. Son quienes se niegan a reconocer que, muy a pesar de sus deseos, ya no son viables los regímenes cuya legitimidad proviene de las bayonetas.

Dos claros ejemplos de lo inviables y contraproducentes que son los intentos de llevar las luchas políticas por los caminos de la violencia los vimos en Venezuela, en abril de 2002 y en Bolivia entre agosto y septiembre de 2008. En ambos casos, la oposición fue rotundamente derrotada y, como contrapartida, los regímenes de Chávez y Morales se afianzaron en el poder.

Con esos antecedentes, y dada la similitud de las circunstancias, no es difícil prever que el conato de golpe de Estado que durante el pasado fin de semana se ha producido en Honduras está también condenado al fracaso. Los promotores de la arremetida contra el presidente Zelaya tendrán que recular y el proyecto del Socialismo del Siglo XXI habrá recibido así otra victoria de regalo.

Si ese es el desenlace de la crisis hondureña, como todo parece indicar, se habrá demostrado una vez más que quienes no respetan a las instituciones democráticas, aun cuando la correlación de fuerzas les es adversa, a la larga resultan siendo los mejores aliados de quienes quisieran gobernar sin el estorbo de la legalidad republicana.

Como la experiencia lo confirma, los sectores antidemocráticos de la oposición son los mejores aliados de los proyectos políticos totalitarios tanto en Honduras como en Venezuela o Bolivia; razón más que suficiente para que marcar las distancias correspondientes deba figurar entre las tareas prioritarias de la oposición democrática.

Entre las muchas razones que condenan de antemano a los golpes de Estado, sea cual fuese la forma que en que éstos se produzcan, es que no hay ningún gobierno en el mundo civilizado que esté dispuesto a avalar ese tipo de actos. Por eso, quienes proponen contrarrestar los avances del “Socialismo del Siglo XXI” con métodos propios de los años 70 no sólo que están perdiendo el tiempo, sino que están contribuyendo en gran medida a la consolidación y legitimación de los regímenes que pretenden combatir.

domingo, 28 de junio de 2009

Lecciones de una oposiciòn indeseable

Nada ha desacreditado tanto a la oposición venezolana como ciertos individuos y organizaciones de una indeseable ultraderecha medieval

Hace unos días, en una publicación digital venezolana, al reflexionar sobre situación política de su país, un simple ciudadano proponía algunas preguntas con el fin de salir de lo que denominó un “autoengaño” colectivo que tiene atrapado a su país.

Proponía, como primer punto, afrontar una pregunta simple: “¿Por qué la mayoría de los venezolanos apoya a Hugo Chávez y a su proyecto político?” Y como lo que propone es buscar la verdad y no sumarse a quienes se empeñan en negarla, empieza por rechazar las idea según la cual el tal apoyo al chavismo no existe, que es sólo un espejismo fruto del fraude, la manipulación, el cohecho o cualquier otra cosa menos sincera identificación de una buena parte del pueblo venezolano con lo que dice y hace su caudillo.

Como segundo paso, recomienda indagar sobre los orígenes de ese apoyo. Y al hacerlo, identifica dos principales: uno, el atractivo que de por sí tienen por muchas razones ligadas con la historia latinoamericana los discursos populistas, antiimperialistas, anticapitalistas. Averiguar porqué eso ocurre es un desafío que corresponde asumir a los intelectuales.

Un segundo factor que explicaría el éxito del chavismo es la antipatía, aversión incluso, que en gruesos sectores de la ciudadanía provocan los dirigentes que desde hace diez años aspiran a erigirse en cabezas de la oposición. Es el caso de los aspirantes a caudillos, o el de “señoritos” que desprecian la política y creen poder sustituirla con campañas de “marketing electoral”. Son los que en su momento creyeron que la mejor manera de contrarrestar la primera postulación de Chávez era oponiéndole a Irene Sáez, una ex miss Venezuela. Y hoy siguen pensando igual, con similares resultados.

Pero según las reflexiones que comentamos, nada ha desacreditado tanto a la oposición venezolana como ciertos individuos y organizaciones de una derecha ultraconservadora que parece salida de las páginas de la historia medieval. Una ultraderecha que añora los tiempos en los que el secuestro, la desaparición de personas y la tortura eran los métodos más empleados para enfrentar a los agentes del “comunismo internacional”. El temor de que esas corrientes lleguen a prevalecer en las filas de la oposición ha sido una de las causas para que los sectores más sensatos de la ciudadanía venezolana se nieguen a participar en la actividad política.

Es eso tan cierto que los líderes de esas organizaciones, cuya propuesta de futuro tiene su principal referente en la Edad Media, nunca han logrado siquiera el uno por ciento de los votos en elecciones venezolanas, pero han causado enormes estragos en el prestigio de las organizaciones con las que se relacionaron, la Iglesia católica incluida, lo que las hizo presa fácil de las campañas oficialistas. Es de esperar que en Bolivia no se siga por el mismo camino.